VIVIR O HACER COMO QUE VIVIMOS

10/28/2014





Mover el aire, las alas de la mariposa,
la sigilosa densidad de los minutos,
la humedad del presente
empañando la memoria.



Dibujar la silueta de tu sombra
en el suelo y en las paredes,
en las esquinas rotas,
en los surcos quebrados
y las cortezas rugosas,
desde el amanecer hasta
el final de la tarde,
y después, en las noches de luna
o delante de las linternas
que iluminan la caverna.

Hacerse líquido,
fluir por acequias,
venas y cauces,
y fundirse con la tierra,
con los charcos que no permanecen,
con las lluvias de abril o de septiembre,
o con otra sangre
que nos busca en un maremágnum
de transfusiones, trasvases
y vasos comunicantes.

Correr por arenas movedizas,
revolcarse por el suelo en templos sagrados,
nuevos y antiguos, y masticar el polvo,
la arena o el óxido de los raíles y la chatarra
abandonada al borde del camino.

Dejar la impronta de tu rostro y tus huellas
dactilares en sábanas y cristales,
en espejos turbios de una noche o
en ojos que ahora estarán mirando otros paisajes,
otras pantallas, otras calles, otros poemas,
o simplemente el oscuro vacío de la nada.

Morder los cuellos que se nos ofrecen
 como quien coge fruta de los árboles,
o como un náufrago sin futuro,
un Robinson que sólo vive esperando que llegue el viernes.

Olvidar que tuvimos miedo y que fuimos cobardes
(casi siempre) para poder volver a tener frío,
dormir a la intemperie igual que antes,
cuando el suelo fue lecho y volvimos a alzarnos,
cuando los días cambiaban sin apenas enterarnos
y nos iban robando el fuego y las estrellas, el cordón umbilical,
el cáliz que ansiábamos derramar
y las letras del abecedario; nos iban encerrando
entre los pentagramas donde tendíamos
la ropa y los sueños recién enjuagados
y pisábamos los estratos superpuestos
que iban colmatando el hueco de la conciencia
y tantos días iguales a sí mismos.

Pero además hay otros cuerpos
que también mueven el aire
y otras mariposas que baten sus alas
y nos cambian el orden de los días
y la posesión de los pronombres.

Y son todos los cuerpos,
todos los aires,
todas las mariposas
y los densos minutos que atesoramos
quienes deciden el ritmo de las canas
que se van infiltrando en lo que era un bosque negro
y se va convirtiendo
en un paisaje gris que parece de ceniza.

J.M. Barbot Madrid, septiembre de 2014

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